¿Quién es Jesús?

Jesús es el Hijo de Dios desde toda eternidad estuvo junto al Padre, y en el tiempo se hizo hombre para habitar entre nosotros. Como dice el Evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:1, 14). Él mismo declaró: «Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30), y el apóstol Tomás lo reconoció diciéndole: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20:28).

Es también el Mesías, el Cristo, el Ungido prometido por Dios desde antiguo. Cuando el Señor preguntó a sus discípulos quién era Él, Simón Pedro respondió con firmeza: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16). Su nombre mismo —Jesús— significa «Dios salva», pues vino al mundo con un propósito eterno: «Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).

Juan el Bautista lo señaló como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). En ningún otro hay salvación, porque «no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12). Cargó con nuestras culpas en su cuerpo sobre la cruz, para que, muertos al pecado, vivamos para justicia (1 Pedro 2:24).

Jesús es además Señor y Rey eterno. Por su obediencia hasta la muerte, Dios lo exaltó hasta lo sumo, para que en su nombre se doble toda rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor (Filipenses 2:9-11). Es también nuestro Sumo Sacerdote y Mediador: «Un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5), quien fue tentado en todo como nosotros, mas sin pecado, y puede comprender nuestras debilidades (Hebreos 4:15).

Y lo más grande: no quedó en la muerte, sino que resucitó. Cumpliendo las Escrituras, murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día (1 Corintios 15:3-4). El ángel confirmó a las mujeres en el sepulcro: «No está aquí, pues ha resucitado, como dijo» (Mateo 28:6). Vive para siempre y tiene poder sobre la muerte.

¿Por qué es necesario conocer de Jesús?

Es importante para el ser humano conocer el amor de Dios demostrado a través de Jesús, su Hijo, ya que en su amor encontramos perdón y vida eterna. Su amor es liberador, trae sanación, transformación, restauración y un cambio total de vida para todo aquel que cree.

Recibir lo que Jesús nos ofrece significa reconocer que estamos perdidos (en delitos y pecados) y que necesitamos ser renovados; que estamos enfermos y necesitamos un médico para sanarnos. A Jesús venimos con las manos vacías, y Él las llena de su amor y paz.

Si sientes el llamado de su amor, repite esta oración desde el fondo de tu corazón y con fe, en voz alta:

Señor Jesús, te necesito. Mi corazón está vacío, no encuentro por dónde caminar. Dios mío, reconozco que soy un pecador y me arrepiento de todos mis pecados. Sé que has muerto en la cruz por mí. Te pido perdón por todo lo que he hecho. Sana mi alma de toda maldad. Abro la puerta de mi corazón, entra Jesús.

Te recibo como mi único Señor, Salvador y Mesías. Gracias por el regalo de la vida eterna. Deseo cambiar y vivir una nueva vida contigo. Ayúdame a servirte y amarte hasta que me lleves en gloria. Escribe mi nombre en el libro de la vida. Gracias Jesús, porque me has escuchado. Amén.

Si hiciste esta oración con fe ¡Felicidades es la mejor decisión que has tomado en tu vida!, has recibido a Jesucristo como tu único Salvador.

Recuerda que si le pediste de corazón, Dios se manifestará en tu vida por medio de su palabra. Dios obrará grandemente en tu existencia. ¡Gloria a Él! Búscale en oración y recibirás ayuda de lo Alto.

¿Qué hacer ahora?

Comienza a leer la Biblia y pídele al Espíritu Santo que te dé entendimiento para discernir Su Palabra.

Si aún no te congregas, entra al chat de chatelvive y busca una iglesia de sana doctrina para que no estés solo.

“Porque si uno de ellos cae, el otro levantará a su compañero; pero ¡ay del que cae cuando no hay otro que lo levante!”

La iglesia es una bendición de Dios para encontrar hermanos que oren por ti y te ayuden en tus primeros pasos. Es un proceso de crecimiento espiritual.

“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre…” — Hebreos 10:24-25

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